En Amherst. Emily Dickinson y Lynn Margulis

De mi primera visita y estancia en Amherst en casa de Lynn, durante mes y medio, septiembre-octubre 1999. Visita que se repetiría al año siguiente por las mismas fechas.

Carmen Chica, 2001

Amherst es una tranquila ciudad de Massachusetts, en el corazón de Nueva Inglaterra. Tiene una universidad, UMASS y varios “colleges” que le proporciona dinamismo y actividad cultural de primer orden. La mejor época es otoño, en “Columbus Day”, cuando tiene lugar un espectáculo prodigioso de la naturaleza; el cambio de color en las hojas de los árboles caducifolios. Verdes, amarillos, rojos y ocres tiñen el paisaje, a la vez que el suelo se cubre de hojas que forman una alfombra multicolor donde se hunden los pies con verdadero placer.

El arce es abundante. De su corteza se obtiene esa miel, maple syrup, que sobre el pancake es el desayuno típico. Robles y otras especies de árboles se alinean a los bordes del camino y forman frondosos bosques donde la humedad propicia el crecimiento de muchas clases de hongos. Por carreteras estrechas, los árboles tan altos y tupidos, hacen que incluso en días soleados domine la penumbra. Hay que elevar la vista hacia el resplandor dorado que se cuela por entre la espesura de sus ramajes.

Lindante con la propiedad de los Dickinson hay una parque y dos bancos que servirían de asiento al visitante, pero ambos están ya ocupados por dos siluetas enfrascadas en una conversación, Emily Dickinson y Robert Frost. No todos están de acuerdo con ese “presencia” algo “naíve”, de dos poetas que no coincidieron en vida. Parte de la obra de Robert Frost  (1874–1963) se considera una crónica de la vida en Nueva Inglaterra. Lynn Margulis, gracias a la cual conocí la obra de Emily, no gusta de esa representación. La casa de Lynn, donde estuve alojada, es parte de lo que tiempos fuera propiedad de la familia Dickinson.

Cuando Lynn recita un poema de Emily es imposible no sentir un estremecimiento, y estoy convencida de que eso solo ocurre cuando se ha captado la esencia de la poeta, como ella lo hizo. Es algo profundo y único pisar el terreno blando que circunda las casas de Emily a un lado y la de Lynn a continuación, con el eco de sus versos y la compañía de Roosevelt que, al lado, o unos pasos por delante, se cerciora de que vas por dónde debes.

Invierno. Casa museo de Emily Dickinson en Amherst, MA.

La propiedad de los Dickinson forma dos conjuntos. La casa donde vivió y murió Emily, y Evergreen, la mansión que ocupó su hermano Austin con su esposa, Susan (Sue). Córvidos, palomas, cardenales, gorriones van y vienen, comparten las ramas y esparcen sus sonidos día y noche. Las ardillas, numerosas en el buen tiempo, trepan a los árboles, cogen su fruto y lo devoran manteniéndolo entre sus manitas. A una prudente distancia observan a quienes las observan.

Emily nació el 10 de diciembre de 1830. Escribió cerca de 1800 poemas, de los que en vida de la autora apenas se publicaron veinte. Por la extrañeza ante una poesía poco habitual, lejos de los estilos tradicionales, con profusión de guiones, mayúsculas, espacios perdidos. Los editores admitieron estar ante una mujer de gran talento, que su timidez no eclipsaba. Pero Emily no parecía dispuesta a los cambios que los editores sugerían o sencillamente hubieran realizado sin su consentimiento. “Publication –is the Auction /of the Mind of Man -/Poverty –be justifying/For so soul a thing…” (La publicación es la subasta de la mente del hombre. La pobreza justificaría una cosa tan vil).

Su obra vio la luz primero gracias a la persistencia de la hermana menor, Lavinia, quien tras la muerte de la autora descubriría el inmenso legado literario que aquélla guardaba celosamente. Cuadernillos cosidos por la propia Emily y una profusión de poemas en hojas sueltas. Lavinia acudió primero a su cuñada Sue por quien Emily había sentido un profundo afecto y a quien se había referido explícitamente en algún poema, el número 14.

Pero fue Mabel Loomis Todd, amante de Austin quien se interesó por el legado de Emily. Mabel no pararía hasta ver publicada una primera selección (de la que fue editora) de los poemas que apareció en 1890. No fue tarea fácil por la dificultad de la transcripción de la caligrafía de Emily, a lo que se añadía la ausencia de fechas y títulos. La obra completa no aparecería hasta 1955 respetando lo que se había considerado excentricidades de la autora y que se habían eliminado de publicaciones anteriores (guiones, mayúsculas, signos de puntuación e incluso modificaciones en el vocabulario). La edición de 1955 a cargo de Thomas H. Johnson, quien numeró los poemas en un orden cronológico aproximado, se ha considerado desde entonces la obra de referencia. Pero existen numerosos y exhaustivos trabajos sobe la poeta, su obra y su vida.

Los estudiosos de Emily Dickinson coinciden en la dificultad de su poesía y en su significado. Las más de las veces, lo que se llega a saber sobre la vida de un personaje y de las circunstancias que sus biógrafos han destacado influye sobre la interpretación del conjunto. Aunque en ocasiones da resultado, no es una fórmula infalible y puede suceder que incluso distorsione la obra del autor. Ante la poesía como ante cualquier manifestación del arte, es bueno que cada quien se acerca a ella cree y recree cuanto le evoque prescindiendo de interpretaciones dirigidas.  

No hay tragedia aparente en la vida de Emily. Hay retiro y recogimiento, parece que libremente buscado, obsesivo en las últimas épocas, quizá inducido por una timidez a la que constantemente se alude. También molestias físicas, sobre todo en la visión, que padeció desde muy joven, y una enfermedad renal que acabó con su vida el 15 de mayo de 1886 a los 56 años. El terreno afectivo, con ilusiones, amistades, amores y desengaños está profusamente tratado por quienes, con más o menos fundamento, se han adentrado por vericuetos de los que la autora pudo dejar señales, pero no manifestación explícita o yo no la conozco.

Los poemas de Emily Dickinson cultivan el gusto por la palabra en sí misma, una elegante sensualidad, la innovación y creatividad en la composición, que hacen que hoy sea una de las figuras más importantes y representativas de su país.

Se ha destacado un fino sentido del humor en su poesía, como se advierte en estos.

To die–takes just a little while–                                          
They say it doesn’t hurt–
It’s only fainter–by degrees–                        “Faith” is a fine invention                 
And then–it’s out of sight–                                       When Gentlemen can see

                                                                        But Microscopes are prudent
A darker Ribbon–for a Day–                                    In an Emergency
A Crape upon the Hat–
And then the pretty sunshine comes–
And helps us to forget–

Para quien se sumerja en la ruta literaria de Emily, es aconsejable, casi imprescindible la visita al cementerio de Amherst. Muy céntrico.  Resultará muy fácil dar con el lugar donde Emily fue llamada “call back” como reza la lápida que cubre sus restos en tierra, en su tierra de Amherst, de donde raramente se alejó. Junto a la suya las sepulturas de su hermana Lavinia y de otros miembros de la familia. El conjunto aparece rodeado por una verja, y ofrece un punto de orientación al visitante. En Amherst hay más librerías que cafeterías, aunque éstas tampoco faltan, abundan las iglesias, de variados credos, y se mantiene, en buena tradición puritana, la prohibición en tiendas y supermercados de vender bebidas alcohólicas en domingo. En algunas de las bien provistas bibliotecas es posible estar toda la noche sin más requisito que entrar por la puerta de acceso.

Con Roosevelt en el patio de Lynn en Amherst

Fue un privilegio vivir aquella experiencia, y dos veces, por la misma época, en 1999 y en 2000. En l entorno de Lynn, sus amigos, estudiantes, colegas disfrutabas un ambiente amigable, intelectual en el sentido más natural. Interés recíproco, expresado en reuniones, excursiones, comidas. La casa de Lynn no se cerraba y era visitada de continuo, tanto si ella estaba como si no. Y de nuestro grupo no fui yo sola quien tuvo la oportunidad de disfrutar de su generosidad hospitalidad, Isabel, Núria, Pere, Jordi. Vivencias así enriquecen la vida.

Una parada en el trabajo para comer en el laboratorio de Lynn
Barcelona, 1992

LUZ QUE NO SE APAGA

Mari Luz, amiga querida, compañera, a veces los nombres responden a lo que son las personas, y el tuyo es así. Has sido luz y brillante, con tu generosidad en todos los sentidos, estando al pie del cañón siempre que se te necesitaba. Gracias por tantas cosas, por ser combativa cuando era necesario y siempre afectuosa y educada. Por derrochar simpatía. Con más personas como tú Mari Luz la sociedad sería mejor. Por eso no queremos que tu luz se apague nunca.

Cuesta creer que te hayas ido; tenemos mensajes del día antes de ese maldito ictus y de días anteriores, personales y en el grupo Caldes pels Animals. Todos y cada uno de la Asociación hemos vivido días con el corazón en un puño, manteniendo el hilo de la esperanza que se rompió.  Nos haces falta, pero te tendremos en nuestros corazones, como te tendrán tantos gatos y otros animales a los que has ayudado desde tu sensibilidad y alegría.

Te recordamos en la foto de la boda de María, tu hija, guapa y elegante. Y es que lo eras, por dentro y por fuera. Y antes de que la pandemia nos confinara con tan dramáticas consecuencias, tuvimos aquella cena en el restaurante mexicano con Isabel. Qué bonita fiesta, que disfrutamos a tope. Y cómo nos reímos aquella noche.
Amargas pérdidas en poco tiempo, la tuya y la de Oriol, hermano de nuestra amiga y compañera Marta. Oriol, joven dinámico y afectuoso, lleno de vida que se le ha fugado en un instante. Muchas veces ante incertezas, enfermedades, contratiempos, se dice “que sea lo que Dios quiera, pero ¿cómo puede querer esto Dios”? Pensemos en el destino, a veces generoso a veces cruel, como en estos casos tan cercanos y en otros muchos. Muchos hemos perdido en poco tiempo personas muy queridas. Y ahora vosotros, Oriol en la plenitud de la vida y Mari Luz joven en la madurez.


A vuestras familias el lamento de todos nosotros, y la amistad y el cariño que ayude a restañar heridas. 

A la Fira d’entitats, Caldes d’Estrac Sant Jordi 2018

Y, valgan las palabras con que acababa su poema Miguel Hernández, para tantos que hemos sufrido esas pérdidas.

A las aladas almas de las rosas,

del almendro de nata requiero.

Que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañeros del alma, compañeros.

AMIGOS PARA SIEMPRE

Nuestro querido amigo Paco Camarasa había nacido un 19 de julio. Faltan pocos días para el que sería su 71 cumpleaños, que no celebrará porque se fue con 68, joven, dinámico, valiente, agotador. No quiero derrochar adjetivos, sí dar a las palabras la sencillez, que es la mayor grandeza, desnudándola de artilugios. BUENA PERSONA.

Ni olvido ni quiero olvidar el beso que nos dimos en nuestro último club de lectura, que mantuvo junto con otros después de cerrar la librería y hasta dos semanas escasas antes de su partida. Fue el 13 de marzo, te vimos razonablemente bien, estuviste dicharachero, nos iluminaste como siempre. Y sabemos que también nosotros, los clubs, te daban aliento y estímulo. Y tú y tu labor fuisteis reconocidos y eso lo comprobaste.

            No soy quien más años le trató, pero como dicen del tamaño, tampoco la cantidad importa. Él ofrecía su amistad, su mano tendida, sus conocimientos y fue correspondido como se merecía se puede decir que en todo el mundo. El de su Barceloneta que se convertía en internacional. Esa calle de la Sal que rebosaba con tantos encuentros, sin faltar el vino tinto y los mejillones de su, nuestra Montse.  La Montse, con quien compartió una vida, más corta de la deseada y que juntos vivieron los sinsabores de la enfermedad, pero también momentos hermosos de ilusiones, proyectos, conjuntos y personales de cada uno no pues no hay que olvidar la aportación de Montse a la literatura, al comic, a la cocina. Y el proyecto realizado de esa Librería Negra y Criminal. Nunca agradeceremos lo suficiente lo que nos habéis dado y a tantos.

Y además de las sesiones del club, disfrutábamos la comida posterior en un restaurante o casa de comidas, donde nos llevaba. Como Can Lluís, hoy cerrado tanto por lo que ha traído el Covid como por el insufrible aumento de los alquileres que se está llevando por delante tantos lugares que son un emblema de la ciudad. Y el paseo por las calles, mostrándonos la casa de Manolo Vázquez Montalbán, de la de Peret.

Reproduzco algunos párrafos del texto que incluí en el libro que le dedicamos como homenaje a finales del mismo año 2018. Una pequeña muestra representativa de todos sus incondicionales ya que era imposible contar con la participación de todos. Éramos, somos muchos cómplices.

Hay que recordar que Paco nació un 19 de julio. Ya apuntaba maneras y se negó en redondo a salir del vientre materno el 18, así que a pesar de las ganas que tenía de ver mundo, de cambiarlo, de combatirlo esperó y aguantó para no ver unido su nacimiento a una fecha abominable. Y así se mantuvo hasta el final, pues se nos fue, nos dejó un 2 de abril. Ni mucho menos podía permitir unir ni a su vida ni a su muerte aquella trágica fecha en que “cautivo y desarmado el ejército rojo…” NO. NUNCA.

He pensado en tu oficio de librero, para el que parece que estabas destinado, aunque al principio quizá no fuera a ser así. Lo digo por los otros oficios que ejerciste hasta aterrizar en este. Creo que hiciste también de comentarista deportivo. Pero así son las biografías, uno no desfila por un sendero recto y no sé si el tuyo lo fue. Se cruzan caminos, carreteras, veredas y espacios apacibles para descansar, tomarse un respiro, cambiar el rumbo, queriendo o forzado por las circunstancias.

La Primera BCNegra en la que ya no eras comisario recuerdo la sesión en la Modelo, junto a Juan Madrid y Andreu Martín. Hacía un frio del copón cuando entraste acompañado de Montse. En la cárcel, otra vez Paco, pero muy diferente a como lo hicieras, y recordarías, de tu juventud. Esta vez no esposado, escoltado sí, pero por amigos, aclamado dentro y fuera porque fuimos muchos los que no pudimos entrar al haberse cubierto el aforo, cómo no.

Pues eso Paco, amigos para siempre, o mejor dicho, CÓMPLICES.

MALARIA, AZOTE DE LA HUMANIDAD DE LARGA VIDA Y PERSISTENCIA

De malaria o paludismo y de sus efectos saben mucho los trabajadores de Médicos sin Fronteras cuya labor merece la mayor consideración. En muchos de los numerosos países donde desarrollan su labor es una de las principales causas de muerte y el esfuerzo que dedican a la atención y cura de los enfermos es extraordinario. Como lo es en las otras actividades humanitarias que llevan a cabo.

La malaria es una enfermedad infecciosa cuyo principal agente es el protozoo (microoorganismo unicelular) Plasmodium falciparum. Se transmite a los humanos a través de la picadura de la hembra de varias especies del mosquito Anopheles. Gracias a los numerosos esfuerzos durante años en el tratamiento y la búsqueda de una vacuna efectiva, su mortalidad se ha reducido, pero sigue causando muchas muertes, más de 400.000 al año. Hace escasas décadas llegaba a provocar casi millón y medio. Los más afectados son niños de menos de 5 años y mujeres embarazadas. Padecer la enfermedad y superarla dota parcialmente de inmunidad.

Los lugares del mundo donde la afectación es mayor son a la vez los más pobres, porque ya en sí misma la malaria, además de enfermedad y muerte directa, crea un círculo vicioso con la pobreza. Es difícil salir adelante con una amenaza tan real y tan presente. Esos lugares son África subsahariana, el sudeste asiático, India, entre otros. Pero, no deja de ser una paradoja que, aún sin vacuna, la malaria es una enfermedad curable en condiciones adecuadas de desarrollo social. Y cuando la contrae un ciudadano de Occidente, por ejemplo, por contagio en algún viaje, tiene solución en su país mediante tratamiento.

Los habitantes de los países donde la enfermedad es endémica reciben picaduras cada día del mosquito que la transmite. En las actuaciones que se llevan a cabo para su control, ojalá pudiera decirse, erradicación, están las medidas de prevención como uso de mosquiteras rociadas con insecticidas, fumigación un par de veces al año de interiores con insecticidas de acción residual, tratamientos, y las vacunas en sus diversas fases de estudio. Diferentes intentos y logros en décadas pasadas no llegaron a buen fin, ya fuera por la limitación de su efectividad o por la falta de recursos para seguir en la investigación. Fue famoso el caso del Dr. Manuel Elkin Patarroyo que desarrolló la vacuna SPf166 a finales de la década de los 80 del siglo pasado. Años después, en 1993, Patarroyo estuvo dispuesto a ceder a la OMS los derechos de distribución de su vacuna. Sin embargo, organizaciones internacionales, entre ellas la OMS fueron reticentes a su utilización. Se adujo entre otras razones falta de efectividad, pero también se especuló con otros intereses, incluidos los de las grandes compañías farmacéuticas. No es aquí el lugar para debatir el tema.

Se sigue adelante con la vacuna RTS,S, comercialmente Mosquirix, en la que durante muchos años ha trabajado el Dr. Pedro Luis Alonso, director del Programa Mundial de Malaria de la OMS en Mozambique y han seguido otros grupos en distintos lugares. Una vacuna que induce una fuerte producción de anticuerpos y de un tipo de células Th1 que intervienen en la inmunidad. Se ha estado probando a gran escala en varios países africanos y desde 2019 se está utilizando en países africanos en un programa piloto coordinado por la OMS. Además de la vacuna mencionada se investigan muchas otras, entre ellas la R21 que funciona de manera similar a la anterior con resultados preliminares bastante prometedores. En 2019, un grupo internacional con la participación esencial de Halidou Tinto, pudo realizar el ensayo en fase II en un distrito de Burkina Faso, población de 20 millones de habitantes donde los casos de malaria aumentan de junio a noviembre, la época lluviosa. La OMS respalda ambos programas.

La dificultad para conseguir una vacuna contra la malaria radica en la complejidad de esta enfermedad pues el parásito Plasmodium falciparum, principal causante de la enfermedad, aunque haya otras variedades, contiene más de 5000 genes número muy superior a los del coronavirus que nos ha traído Covid 19. Esos parásitos transmitidos a la corriente sanguínea de la persona picada por el mosquito se alojan a continuación en el hígado, y se multiplican.  

Las actuaciones preventivas, mosquiteras rociadas con insecticida y fumigación de interiores tienen que seguirse aplicando incluso con las vacunas.  

En 2007 se proclamó el 25 de abril Dia mundial del Paludismo.



Imagen: Petaholmes (Wikimedia)

REENCARNACIÓN. Un paso adelante.

A sus pies, el abismo, rocas escarpadas es lo que podía contemplar, un fondo lejano, un río caudaloso, que serpenteaba encogido entre muros naturales, arrollando cuanto encontraba a su paso, pero desde la altura parecía apacible. No caería sobre él, eso es lo que la entristecía, hubiera querido ser recogida por aquellas aguas y transportada hacia un lugar distante, sería menos doloroso y más esperanzador. Qué cosas de pensar en aquel momento.

                Y otra vez, como tantas, aquellas evocaciones que sabía que no eran fantasías. Que a pinceladas se le hacían presente desde que tuvo uso de razón. Otro lugar, otras gentes, otros padres, amores…libertad, capacidad de decidir, desilusiones, enfermedad, alegrías.

Se sentó; a pesar de su decisión, quería rememorar cosas de su existencia de ahora no de aquella que se le presentaba sin saber cómo y se abría paso en su cerebro. Fue feliz alguna vez, se preguntaba. Sí, de niña, quizá, guardaba recuerdos amables que es lo que hacía soportable su vivir, desde hacía muchos años. Pero cómo decir muchos años si solamente tenía 21.

                Todo cambió cuando a los 16, con la ilusión de que le gustaría estudiar, ser médico, era lo que deseaba pero que nadie en su familia alentaba. Ni ricos ni pobres, no les faltaba lo esencial, la tienda de comestibles que, ayudado por sus hermanos mayores regentaba su padre, les permitía una vida sin lujos, pero con las necesidades cubiertas. Si las cosas iban bien sus dos hermanos menores podrían estudiar, decía el padre, y mientras lo decía, la miraba a ella. Y añadía, tenemos que encontrarte un buen marido. Lo venía diciendo desde que cumpliera los 15 años. Y había oído la conversación entre sus padres.

  • Conviene alguien que no nos pida dote, al contrario, que sea él quien esté agradecido por darle a la chica.
  • Pero eso solamente podrá ser si es un hombre mucho mayor.
  • Bueno, para él será un regalo que agradecerá y generosamente. Y además cuando se muera le dejará bienes y eso también nos conviene.
  • De eso no te hagas ilusiones, esos hombres tienen otras esposas, otros hijos y serán muchos a repartir.
  • Parece que me quieres llevar la contraria en todo. Esto lo voy a decidir yo y tienes que estar de acuerdo conmigo.
  • Ya sabes que será así.
  • Como tiene que ser.

 Samira no se dio cuenta a tiempo. Y qué hubiera podido hacer en todo caso. Sabía que hubo una época en que las mujeres estudiaban, iban a la universidad, tenían carreras, incluso iban al extranjero a seguir aprendiendo y volvían contentas a su país. Lo había oído, pero no lo había visto. Era mediodía y durante la comida el padre se dirigió a ella.

  • Esta tarde no salgas a ninguna parte. Vamos a tener visita.
  • ¿Quién viene?
  • Ya lo verás, un hombre muy importante que quiere conocerte. Bueno ya te conoce, pero tenemos una cosa que tratar entre vosotros dos.

Y vino y la miró de arriba abajo. Le preguntó alguna cosa, le cogió una mano, y le acarició la cara.  Samira no sabía qué hacer, solo intuía el comienzo de algo que no deseaba, junto al final de sus ilusiones. No podía mirarlo directamente, pero lo había visto en otras ocasiones en la tienda de su padre.

Vio el rostro de Enrique cuando la besó y la fue desnudando en aquel primer viaje que hicieron juntos. Ella agarró su pene erecto y se lo introdujo en la vagina, rodaron en la cama recorriendo cada centímetro de sus cuerpos con ansía hasta acabar exhaustos.

Acudió a ella aquella imagen y también sensaciones vividas, mientras miraba sin ver al hombre mayor que le acariciaba la cara. Hubo boda, su padre consiguió un coche nuevo y sus hermanos pequeños podrían estudiar, también hubo mejoras en la tienda.

Con la convivencia, vinieron las reprimendas y algunas palizas. Solamente había otra esposa y dos hijos varones. Primero fue el enfado porque no se quedaba embarazada y la acusación de que estaba haciendo algo para evitarlo, o peor, que no servía.

El miedo fue más fuerte que la tristeza, un miedo paralizante que le impedía responder a las preguntas del hombre, haciéndola tartamudear, lo que todavía provocaba mayor enfado.

  • Pues vaya negocio que hice con tu familia, me satisfaces a la fuerza y no me das un hijo ¿para qué sirves inútil?
  • Podríamos ir al médico, a ver si hay algún problema.
  • Qué médico ni que narices, tú a hacer lo que te toca, cuando yo lo digo.

Y a continuación los manotazos.

No hallaba consuelo, ni en su madre, ni en las pocas amigas a las que, por suerte, aunque pocas veces veía o con las que hablaba por teléfono.

Y vino un hijo, y un segundo. El desconsuelo durante los embarazos fue pensar que podía traer niñas al mundo. No lo quería ni en sueños, se apretaba el vientre diciendo hijo, hijo.

Todo se hizo algo más soportable a partir de su maternidad. Pero ya la oscuridad se había hecho presente en su vida y a medida que los niños fueron creciendo, empezó a albergar la idea de la única posible huida. Era muy joven y seguirían otros embarazos y alguno sería de niñas. Y no quería para ellas ni por asomo lo que aquella sociedad les deparaba. Sabía por lo que había estudiado, por lo que veía en los turistas que visitaban el país que había otra forma de vida para las mujeres, cerraba los ojos y se imaginaba ser una de ellas. Fantasías que daban lugar otra vez a aquellos relámpagos, y la voz, la que de vez en cuando los acompañaba y que le decía “no mires atrás, aquello pasó, ahora tienes esto, darás un paso adelante”.

Despliega más los planos, para que se vea bien por donde empezamos. Yo creo que aquí es donde debería levantarse medio muro. Se lo decía Andrés, que siempre quería ir por delante, ella sonreía sabiendo que al final, sin reconocerlo, se daría cuenta de su error. Pero hacía su trabajo, firme y con conocimiento, claro que también perdía la paciencia alguna que otra vez.  

Su situación se había aligerado con la llegada de sus hijos, salía, llevaba a los niños de un lado a otro. Así conoció a Salma, una mujer algo mayor que ella, que le inspiró confianza y con quien se explayó. Salma era una activista, había sufrido amenazas, juicios, pero seguía en su lucha reivindicativa de la función de las mujeres en su sociedad. Intentó convencerla, sin obligarla, de que debía participar en su propia emancipación interior. Reconocer lo injusto de la situación de ella y de muchas otras.

Otra vez la evocación de la vida anterior, tan diferente. Cuántas veces había oído y sabido de la situación de tantas mujeres viviendo lo que a ella misma le había tocado ahora. Y la lucha de tantas activistas que se dejaban la piel y en ocasiones la vida para cambiar las cosas. Y recordaba cómo la entristecía todo aquello y también cómo quedaba relegado ante otras noticias y ante la rutina de la vida diaria. Y le venía a la mente quejas por cosas que ahora le parecían nimiedades. Eran ramalazos, estallidos irregulares de su mente. No eran sueños, ni deseos, aquello había sido real alguna vez.

La situación llegó al límite cuando en casa su marido, avisado por alguien, supo de esa amistad. Días y días encerrada, apenas viendo a sus hijos y sufriendo el desprecio y la vejación marital.

  • Te vas a quedar embarazada unas cuantas veces, así tendrás de qué ocuparte.

El terror la atenazó, más embarazos, habría niñas. Y llegó la decisión a medida que su vientre se abombaba.

Y la voz, ¿estás decidida?, sí. ¿No piensas en tus hijos? Pienso en ellos, pero son varones, no me necesitarán y cuando se hagan mayores serán como su padre sin que yo pueda hacer nada.

Has conocido dos formas de vida, y eres de las pocas personas a las que les es dado tener noción de ello. Tuviste una existencia larga, acomodada, fuiste querida y amaste, no te faltó de nada. Sí, tener hijos y lo lamentaste, pero eras útil y buena en tu trabajo y con los tuyos. Lo que no conociste entonces, lo has conocido ahora, maternidad, sometimiento, tradición aberrante.

Se puso de pie, miró hacia el cielo y después bajó la vista. Otro ramalazo, una película que la impresionó donde dos mujeres perseguidas por una situación que no han buscado deciden libremente lanzarse al vacío.

                Adelantó el cuerpo y saltó, y mientras volaba hacia el abismo, la acompañó la voz proclamando, “la próxima será mejor, de verdad”.

ISABEL

Hoy 15 de junio, nuestra querida amiga y compañera Isabel, hubiera cumplido 74 años. Su hija Míriam dice que siempre la llamaba a las 12 de la noche para ser la primera en felicitarla. Yo también lo hacía temprano, porque eran muchas las llamadas que recibía cada año y de numerosos lugares. Pero esta vez no, se nos fue a finales de octubre. Tres años antes había celebrado sus 70 reuniéndonos en su casa, con su familia, a unos cuantos amigos-compañeros.

                Hace muchos años, cuando trabajábamos juntas me dijo que moriría joven; tenía razón ya que era joven de mente, de espíritu y también físicamente porque su belleza interior se reflejaba en todo su ser. Por suerte vivió más de tres décadas más en las que tantos disfrutamos mutuamente de cariño, profesionalidad y amistad.

Isabel Esteve, catedrática emérita de microbiología de la UAB nos dejó el 30 de octubre de 2020. Dos meses hospitalizada, acompañada de sus hijos Míriam, Marc y su esposo Ramon. Éramos infinidad quienes hubiéramos querido verla, cogerle la mano, reír con ella.  Mantuvo la esperanza, hacía planes hasta que vislumbró una realidad llamada cáncer, con quien ya había tenido algún encuentro. Creo que la vida es una carrera de obstáculos hacia la muerte y ella los fue superando hasta que llegó la última prueba.

Isabel era la luz al principio de túnel por el que transitar con confianza y compañía. Una vida dedicada a la docencia, a la investigación, a la familia. La microbiología, la microscopía electrónica, la ecología microbiana fueron sus áreas de trabajo desde que se incorporara al equipo de Ricardo Guerrero en la UAB, allá por 1977 ejerciendo como profesora e investigadora. Su excelencia queda patente en los muchos artículos científicos de primera línea, en la formación de investigadores, en las relaciones internacionales. Sin descuidar su vida familiar con Ramon, Míriam y Marc, que siguen arrastrando todavía la tristeza que tardará en alejarse. Nos queda el legado de su fortaleza y el patrimonio de tantos años en común.

Isabel, es tópico decir que siempre estarás con nosotros. Hemos vivido tantas cosas. Nos reíamos al recordar la serenidad que recibiste de Mansa en la presentación de tu tesis. Nos invitaste a tu casa para celebrar los 70 años. Nuestro último encuentro fue en Sant Cugat con Núria, Mercè, Dolors, tú y yo en febrero de 2019, no lo sabíamos, pero sería el último contigo. Ahora compartimos la tristeza de tu adiós y como dice Miguel Hernández “tanto dolor se agrupa en mi costado, que, por doler, me duele hasta el aliento”

DEPILANDO

Hace muchos años, más de 50, más o menos en la prehistoria, cuando yo era joven, guapa y simpática, aunque lo sigo siendo… simpática, acostumbraba, como la mayoría de chicas, a depilarme. Menuda pelambrera tenía. Iba a un centro, también lo hacían en algunas peluquerías. Entonces no había tantas esteticistas, ni sitios dedicados a las uñas. Que yo sepa tenemos las mismas, antes y ahora, 5 en cada mano y 5 en cada pie. Cómo ha venido semejante proliferación.  En cualquier caso, qué suerte tenemos ahora, las jóvenes, y las mayores, de contar con personas dedicadas a que nos gustemos. Siempre he pensado que a quien primero tenemos que gustarnos es a nosotras misma, como personas y físicamente, y nuestro arreglo tiene que ir en ese sentido. Esa es mi opinión. Todo ello en su justa medida, especialmente para quienes esa atención al cuerpo no esté relacionada con la profesión.

A lo que iba, la depilación era un suplicio, porque para que durara lo mejor era la cera caliente. Ufffff. Un día estando en la oficina llamé para pedir cita. La conversación iba de esta guisa “si, es para piernas enteras…  de acuerdo me paso a esa hora… es Chica. Adiós.

Cuando colgué el teléfono un par de compañeras que me habían oído me miraban curiosas, y una de ellas me preguntó. Oye, ¿es que donde tú vas, también se depilan los hombres? No pude por menos de echarme a reír. Ellas no tenían presente mi apellido, que es Chica, el que di cuando al pedir la cita me dijeron “¿qué nombre?”, a lo que respondí “es Chica”.

Hoy no se hubieran extrañado. Hace ya bastantes años que chicos jóvenes y adultos, cuidan su cuerpo, por gusto y/o, por profesión.

Y podemos comprobar que van apareciendo otras formas de adornar el cuerpo, como los tatuajes y los colgantes diversos.

Cuando pienso en aquella tortura de la depilación me viene a la mente el chiste de Eugenio, de dos amigos que se encuentran, se saludan y uno le pregunta al otro “Oye, ¿qué es de Pilar?” y el amigo responde “arrancarse los pelos uno a uno tío”.

LA CUCHARA

Todo venía del sueño de esa noche, pero qué sinsentido. No se había acostado en la cama junto a su esposa; había trabajado hasta tarde y le dio pereza ir hasta el cuarto y despertarla. Se había tendido en el sofá, bastante cómodo y al que ya estaba acostumbrado por otras ocasiones, ya tenía el pijama puesto y se tapó con la ligera manta que siempre estaba en el respaldo.

¿Por qué tenía que seguir las instrucciones recibidas durante el sueño? No había por donde cogerlo, solamente que sintió impulsivamente que tenía que hacerlo. Las instrucciones no estaban demasiado claras, tenía que llevar una cuchara grande, no de las de café, ir hasta la playa con ella y dejarla allí. ¿En la arena, en el mar, lanzada, escondida?

Siempre establecía sus ocupaciones con un orden prioritario. Ignoraba por qué esa especie de orden recibida durante el sueño tenía que tener esa categoría. Pero en todo caso así era y, por lo tanto, se tenía que ejecutar antes que otras.

Con el desayuno dispuesto en la mesa y tras disculparse con Sara por haberse quedado a dormir en el sofá se dirigió a la cocina. Era un lugar que apenas pisaba si no era para desayunar, preguntar qué había de comida o para sacar una cerveza de la nevera. El bien surtido botellero estaba en el mueble del comedor, junto con las copas y el sacacorchos. Sara estaba vertiendo el café en las tazas y al verlo entrar y quedar dubitativo le preguntó.

  • ¿Qué quieres?, tienes el desayuno en la mesa, ahora voy con el café
  • ¿Dónde están las cucharas? necesito una
  •  Están en la mesa, al lado del azucarero
  • Esas son pequeñas
  • Son las del café
  • Me hace falta una grande
  • ¿Para qué?

No se esperaba aquel interrogatorio. Lamentaba entonces no saber dónde se colocaban los cubiertos. La verdad es que no sabía dónde estaban ninguno de los demás elementos. Era como si viera por primera vez los armarios superiores, los de abajo, los cajones, a pesar de los años que llevaban viviendo en la misma casa.

Sara lo miraba esperando una respuesta. Por qué no se contentaría con dársela sin más disquisiciones. Tenía dos opciones, batirse en retirada o inventarse una excusa. Y eso fue lo que hizo.

  • La quiero para que me sirva de calzador. En el despacho a veces me quito los zapatos y después me cuesta ponérmelos.

Cómo se le había ocurrido esa excusa.  No lo sabía, pero sí que le había venido a la mente su propia imagen de niño, en una vida de mucha más sencillez que la actual, cuando su madre lo proveía de una cuchara para calzarse.

Sara lo miro extrañada. ¡Una cuchara para calzarse!, ella también lo había visto hacerlo de niña, a su padre, pero hacía muchos años y desde luego sus hijos nunca la habían usado con ese fin.

  • Y no te iría mejor un calzador, qué van a decir en el despacho si ven al jefe hacerlo con una cuchara.
  • – Mujer, es que no lo hago delante de los empleados, además si es un calzador igual me olvido y lo dejo encima de la mesa, y ya me dirás cuando vengan clientes. En cambio, una cuchara siempre me llamará la atención y la guardaré en un cajón.

Sara lo siguió mirando dubitativa. Cedió y, no sin cierta ironía, preguntó.

  • ¿La quieres de la cubertería buena, o una de diario?

Desayunó, se despidió de Sara, de los niños, que entraban entonces en la cocina, preparados para ir a la escuela y salió a la calle. Nueva duda, podía ir a la playa en taxi, pero si Sara observaba que no había cogido el coche, habría más preguntas. Optó por el coche y se dirigió hacia la Barceloneta donde bastante antes de llegar dejó el coche en un aparcamiento, para seguir andando. No le era desconocida la zona, aunque solamente la frecuentaba para ir a algunos de los restaurantes con Sara y otras parejas, o tomar una copa en los numerosos bares del puerto olímpico.

Caminaba por el paseo marítimo, era temprano y no había demasiada gente, sol y algunas nubes blancas, algodonosas, paseantes y corredores. Acudieron recuerdos de cuando de niño frecuentaba con su familia aquellas playas en verano. Abarrotadas de gente, toallas cercanas, radios a toda marcha, y todos al agua. Aprendió pronto a nadar y eso le permitía alejarse algo de la orilla donde se acumulaba la gente. Fingía no oír la llamada de la madre, Miguelito, no te vayas tan lejos que hay resaca. Y sabía la respuesta del padre, “déjalo mujer, aquí no se ahoga nadie con tanta gente”. La mujer callaba, unos instantes, pero él adivinaba la mirada materna siguiéndole, desde la arena o desde la orilla, cuando se acercaba metiendo las piernas en el agua y se agachaba para mojarse entera. De pie el agua no le hubiera pasado de las rodillas. Ahora tenía que repartir la mirada entre el hijo “tan lejos” y las toallas extendidas para que nadie quisiera apropiarse de lo que se había dejado allí. Quedaba más tranquila cuando el padre también se adentraba y lo sabía más cerca del hijo

Seguían los recuerdos, jugando con los otros chavales, pelota, y saltos que provocaban la protesta de la gente. A mediodía, la consabida tortilla de patata, el pan con tomate, todo bien aderezado con los inevitables granos de arena. No faltaba el porrón que su padre también le pasaba. Nunca consiguió dominarlo y terminaba por lo general en tos y con un hilo del tinto chorreando desde la barbilla al pecho. El porrón y otras viandas eran compartidas entre los vecinos en una “sobremesa” bajo las sombrillas. Después, venía el tormento de las tres horas de espera antes de volver al agua, para hacer la digestión.   

Cuánto tiempo había pasado. Por qué rememoraba todo aquello que era parte de su infancia y adolescencia. Los veranos ahora eran en un hotel de categoría próximo a una playa, o en una zona zural para cambiar algo. Era más cómodo que disponer de un apartamento. Se comía en un restaurante y por supuesto nada de porrón, ni de que los hijos probaran el alcohol, ni siquiera un sorbo.

Se encontraba mirando una playa conocida pero cambiada, la ausencia de gente era por la hora y la temporada, marzo, pero seguro que en veranos estarían desbordadas. Echó de menos los chiringuitos tan numerosos en aquellos tiempos. Sí advertía grupos de extranjeros, mayores; no había empezado la temporada alta.

            ¿Cómo y por dónde bajar a la playa, dónde tenía que enterrar la cuchara?

Tras un rato observando encuentra un paso subterráneo que lleva hasta la arena. Camina un poco, pero le entra en los zapatos, se descalza y también se quita los calcetines, los deja sobre la arena y camina hacia la orilla. Llega a un par de metros, la mar está en calma y observa las olas lamiendo la arena y retirándose con calma, diría, en un movimiento incesante, siempre el mismo. Se sienta y sigue contemplando hasta el horizonte. Algún barco lejano, barcas, ignora si de pesca, algunas de vela, avanzando perezosamente. No sabe cuánto tiempo pasa hasta que repara en sí mismo.

¿Qué hago aquí, a qué he venido? Tendría que estar en la oficina, no he dicho nada.

Pero se sorprende pensando que no le importa y que igual que el mar se ondula a merced del viento hay muchas cosas que siguen su derrotero sin su intervención. ¿Es de verdad imprescindible mi presencia para que la empresa funcione? No sabe qué responderse pero no se imaginaba la vida sin hacerlo, ocupándose de todo, incluso de lo que ya está en marcha correctamente por parte de los responsables, que él mismo ha seleccionado. Sin aquellas reuniones interminables que se podrían resolver en 30 minutos.

            Se levanta y avanza hacia la orilla, se remanga los pantalones y siente el agua fría mojando sus pies, es una sensación agradable, inesperada, a pesar de la temperatura. Levanta la mirada al cielo, de un azul limpio con algunas nubes blanquísimas con formas caprichosas, algodones que se desgajan de la madeja madre y emprenden un rumbo lento y cercano a ella.

            Miguel retrocede, llega a la arena seca que se adhiere a sus pies mojados. Introduce una mano en el bolsillo en busca de un pañuelo y se topa con la cuchara. De repente cae en el motivo de su presencia en ese lugar. Desconcertado se pregunta qué hacer con ella, el sueño no indicaba claramente donde debía dejarla o arrojarla. Se sienta de nuevo hasta que resuelto utiliza la misma cuchara para hacer un hoyo en la arena. Ahonda. Ahora el agua no llega hasta allí está, pero sí lo hará con más oleaje. Ya es suficiente, introduce la cuchara y la cubre con la arena. Está bastante profunda. Mira alrededor, no hay gente cerca. Se levanta, murmura una despedida y regresa sobre sus pasos. Llega al principio del subterráneo por donde ha bajado y repara en que necesita los zapatos. Pero dónde están, camina a lo largo, adelante y detrás, ni rastro. Ahonda en la arena con el pie. Pero nada. Opta por caminar un trecho más por la arena y ascender al paseo por otra escalera. Una vez arriba se apoya en la barandilla. Tiene la mente en blanco y es una sensación que le place. Sigue andando, no sabe qué hora es, solamente que tiene ganas de ir a su casa y encontrarse con Sara. Para un taxi.

            Acaba de abrir la puerta en el momento en que Sara se dispone a salir.

  • ¿Qué haces aquí a estas horas?
  • ¿Y tú dónde vas?
  • Pues a trabajar, es mi hora. Entro a las 3

Asombrada le mira y la extrañeza da paso a las palabras

  • Pero, vas descalzo, ¡qué te ha pasado, un accidente, donde está el coche?
  • Lo he dejado en un parquing, pero no he recordado dónde y he venido en taxi
  • Llevas arena en los pies. 
  • Ya te explicaré.  Le quita el bolso que deja caer al suelo.

La rodea con sus brazos, une su mejilla a la de ella y le murmura. No vayas esta tarde a trabajar. Yo tampoco he ido esta mañana.

No quiere pensar, solamente disfrutar la sensación de su piel contra la de ella, del olor de su pelo, de una ternura que quiere compartir. La que siente cuando son los brazos de la mujer los que aprietan su cintura mientras cuatro piernas se enredan entre ellas.