DEPILANDO

Hace muchos años, más de 50, más o menos en la prehistoria, cuando yo era joven, guapa y simpática, aunque lo sigo siendo… simpática, acostumbraba, como la mayoría de chicas, a depilarme. Menuda pelambrera tenía. Iba a un centro, también lo hacían en algunas peluquerías. Entonces no había tantas esteticistas, ni sitios dedicados a las uñas. Que yo sepa tenemos las mismas, antes y ahora, 5 en cada mano y 5 en cada pie. Cómo ha venido semejante proliferación.  En cualquier caso, qué suerte tenemos ahora, las jóvenes, y las mayores, de contar con personas dedicadas a que nos gustemos. Siempre he pensado que a quien primero tenemos que gustarnos es a nosotras misma, como personas y físicamente, y nuestro arreglo tiene que ir en ese sentido. Esa es mi opinión. Todo ello en su justa medida, especialmente para quienes esa atención al cuerpo no esté relacionada con la profesión.

A lo que iba, la depilación era un suplicio, porque para que durara lo mejor era la cera caliente. Ufffff. Un día estando en la oficina llamé para pedir cita. La conversación iba de esta guisa “si, es para piernas enteras…  de acuerdo me paso a esa hora… es Chica. Adiós.

Cuando colgué el teléfono un par de compañeras que me habían oído me miraban curiosas, y una de ellas me preguntó. Oye, ¿es que donde tú vas, también se depilan los hombres? No pude por menos de echarme a reír. Ellas no tenían presente mi apellido, que es Chica, el que di cuando al pedir la cita me dijeron “¿qué nombre?”, a lo que respondí “es Chica”.

Hoy no se hubieran extrañado. Hace ya bastantes años que chicos jóvenes y adultos, cuidan su cuerpo, por gusto y/o, por profesión.

Y podemos comprobar que van apareciendo otras formas de adornar el cuerpo, como los tatuajes y los colgantes diversos.

Cuando pienso en aquella tortura de la depilación me viene a la mente el chiste de Eugenio, de dos amigos que se encuentran, se saludan y uno le pregunta al otro “Oye, ¿qué es de Pilar?” y el amigo responde “arrancarse los pelos uno a uno tío”.