MALARIA, AZOTE DE LA HUMANIDAD DE LARGA VIDA Y PERSISTENCIA

De malaria o paludismo y de sus efectos saben mucho los trabajadores de Médicos sin Fronteras cuya labor merece la mayor consideración. En muchos de los numerosos países donde desarrollan su labor es una de las principales causas de muerte y el esfuerzo que dedican a la atención y cura de los enfermos es extraordinario. Como lo es en las otras actividades humanitarias que llevan a cabo.

La malaria es una enfermedad infecciosa cuyo principal agente es el protozoo (microoorganismo unicelular) Plasmodium falciparum. Se transmite a los humanos a través de la picadura de la hembra de varias especies del mosquito Anopheles. Gracias a los numerosos esfuerzos durante años en el tratamiento y la búsqueda de una vacuna efectiva, su mortalidad se ha reducido, pero sigue causando muchas muertes, más de 400.000 al año. Hace escasas décadas llegaba a provocar casi millón y medio. Los más afectados son niños de menos de 5 años y mujeres embarazadas. Padecer la enfermedad y superarla dota parcialmente de inmunidad.

Los lugares del mundo donde la afectación es mayor son a la vez los más pobres, porque ya en sí misma la malaria, además de enfermedad y muerte directa, crea un círculo vicioso con la pobreza. Es difícil salir adelante con una amenaza tan real y tan presente. Esos lugares son África subsahariana, el sudeste asiático, India, entre otros. Pero, no deja de ser una paradoja que, aún sin vacuna, la malaria es una enfermedad curable en condiciones adecuadas de desarrollo social. Y cuando la contrae un ciudadano de Occidente, por ejemplo, por contagio en algún viaje, tiene solución en su país mediante tratamiento.

Los habitantes de los países donde la enfermedad es endémica reciben picaduras cada día del mosquito que la transmite. En las actuaciones que se llevan a cabo para su control, ojalá pudiera decirse, erradicación, están las medidas de prevención como uso de mosquiteras rociadas con insecticidas, fumigación un par de veces al año de interiores con insecticidas de acción residual, tratamientos, y las vacunas en sus diversas fases de estudio. Diferentes intentos y logros en décadas pasadas no llegaron a buen fin, ya fuera por la limitación de su efectividad o por la falta de recursos para seguir en la investigación. Fue famoso el caso del Dr. Manuel Elkin Patarroyo que desarrolló la vacuna SPf166 a finales de la década de los 80 del siglo pasado. Años después, en 1993, Patarroyo estuvo dispuesto a ceder a la OMS los derechos de distribución de su vacuna. Sin embargo, organizaciones internacionales, entre ellas la OMS fueron reticentes a su utilización. Se adujo entre otras razones falta de efectividad, pero también se especuló con otros intereses, incluidos los de las grandes compañías farmacéuticas. No es aquí el lugar para debatir el tema.

Se sigue adelante con la vacuna RTS,S, comercialmente Mosquirix, en la que durante muchos años ha trabajado el Dr. Pedro Luis Alonso, director del Programa Mundial de Malaria de la OMS en Mozambique y han seguido otros grupos en distintos lugares. Una vacuna que induce una fuerte producción de anticuerpos y de un tipo de células Th1 que intervienen en la inmunidad. Se ha estado probando a gran escala en varios países africanos y desde 2019 se está utilizando en países africanos en un programa piloto coordinado por la OMS. Además de la vacuna mencionada se investigan muchas otras, entre ellas la R21 que funciona de manera similar a la anterior con resultados preliminares bastante prometedores. En 2019, un grupo internacional con la participación esencial de Halidou Tinto, pudo realizar el ensayo en fase II en un distrito de Burkina Faso, población de 20 millones de habitantes donde los casos de malaria aumentan de junio a noviembre, la época lluviosa. La OMS respalda ambos programas.

La dificultad para conseguir una vacuna contra la malaria radica en la complejidad de esta enfermedad pues el parásito Plasmodium falciparum, principal causante de la enfermedad, aunque haya otras variedades, contiene más de 5000 genes número muy superior a los del coronavirus que nos ha traído Covid 19. Esos parásitos transmitidos a la corriente sanguínea de la persona picada por el mosquito se alojan a continuación en el hígado, y se multiplican.  

Las actuaciones preventivas, mosquiteras rociadas con insecticida y fumigación de interiores tienen que seguirse aplicando incluso con las vacunas.  

En 2007 se proclamó el 25 de abril Dia mundial del Paludismo.



Imagen: Petaholmes (Wikimedia)