En Amherst. Emily Dickinson y Lynn Margulis

De mi primera visita y estancia en Amherst en casa de Lynn, durante mes y medio, septiembre-octubre 1999. Visita que se repetiría al año siguiente por las mismas fechas.

Carmen Chica, 2001

Amherst es una tranquila ciudad de Massachusetts, en el corazón de Nueva Inglaterra. Tiene una universidad, UMASS y varios “colleges” que le proporciona dinamismo y actividad cultural de primer orden. La mejor época es otoño, en “Columbus Day”, cuando tiene lugar un espectáculo prodigioso de la naturaleza; el cambio de color en las hojas de los árboles caducifolios. Verdes, amarillos, rojos y ocres tiñen el paisaje, a la vez que el suelo se cubre de hojas que forman una alfombra multicolor donde se hunden los pies con verdadero placer.

El arce es abundante. De su corteza se obtiene esa miel, maple syrup, que sobre el pancake es el desayuno típico. Robles y otras especies de árboles se alinean a los bordes del camino y forman frondosos bosques donde la humedad propicia el crecimiento de muchas clases de hongos. Por carreteras estrechas, los árboles tan altos y tupidos, hacen que incluso en días soleados domine la penumbra. Hay que elevar la vista hacia el resplandor dorado que se cuela por entre la espesura de sus ramajes.

Lindante con la propiedad de los Dickinson hay una parque y dos bancos que servirían de asiento al visitante, pero ambos están ya ocupados por dos siluetas enfrascadas en una conversación, Emily Dickinson y Robert Frost. No todos están de acuerdo con ese “presencia” algo “naíve”, de dos poetas que no coincidieron en vida. Parte de la obra de Robert Frost  (1874–1963) se considera una crónica de la vida en Nueva Inglaterra. Lynn Margulis, gracias a la cual conocí la obra de Emily, no gusta de esa representación. La casa de Lynn, donde estuve alojada, es parte de lo que tiempos fuera propiedad de la familia Dickinson.

Cuando Lynn recita un poema de Emily es imposible no sentir un estremecimiento, y estoy convencida de que eso solo ocurre cuando se ha captado la esencia de la poeta, como ella lo hizo. Es algo profundo y único pisar el terreno blando que circunda las casas de Emily a un lado y la de Lynn a continuación, con el eco de sus versos y la compañía de Roosevelt que, al lado, o unos pasos por delante, se cerciora de que vas por dónde debes.

Invierno. Casa museo de Emily Dickinson en Amherst, MA.

La propiedad de los Dickinson forma dos conjuntos. La casa donde vivió y murió Emily, y Evergreen, la mansión que ocupó su hermano Austin con su esposa, Susan (Sue). Córvidos, palomas, cardenales, gorriones van y vienen, comparten las ramas y esparcen sus sonidos día y noche. Las ardillas, numerosas en el buen tiempo, trepan a los árboles, cogen su fruto y lo devoran manteniéndolo entre sus manitas. A una prudente distancia observan a quienes las observan.

Emily nació el 10 de diciembre de 1830. Escribió cerca de 1800 poemas, de los que en vida de la autora apenas se publicaron veinte. Por la extrañeza ante una poesía poco habitual, lejos de los estilos tradicionales, con profusión de guiones, mayúsculas, espacios perdidos. Los editores admitieron estar ante una mujer de gran talento, que su timidez no eclipsaba. Pero Emily no parecía dispuesta a los cambios que los editores sugerían o sencillamente hubieran realizado sin su consentimiento. “Publication –is the Auction /of the Mind of Man -/Poverty –be justifying/For so soul a thing…” (La publicación es la subasta de la mente del hombre. La pobreza justificaría una cosa tan vil).

Su obra vio la luz primero gracias a la persistencia de la hermana menor, Lavinia, quien tras la muerte de la autora descubriría el inmenso legado literario que aquélla guardaba celosamente. Cuadernillos cosidos por la propia Emily y una profusión de poemas en hojas sueltas. Lavinia acudió primero a su cuñada Sue por quien Emily había sentido un profundo afecto y a quien se había referido explícitamente en algún poema, el número 14.

Pero fue Mabel Loomis Todd, amante de Austin quien se interesó por el legado de Emily. Mabel no pararía hasta ver publicada una primera selección (de la que fue editora) de los poemas que apareció en 1890. No fue tarea fácil por la dificultad de la transcripción de la caligrafía de Emily, a lo que se añadía la ausencia de fechas y títulos. La obra completa no aparecería hasta 1955 respetando lo que se había considerado excentricidades de la autora y que se habían eliminado de publicaciones anteriores (guiones, mayúsculas, signos de puntuación e incluso modificaciones en el vocabulario). La edición de 1955 a cargo de Thomas H. Johnson, quien numeró los poemas en un orden cronológico aproximado, se ha considerado desde entonces la obra de referencia. Pero existen numerosos y exhaustivos trabajos sobe la poeta, su obra y su vida.

Los estudiosos de Emily Dickinson coinciden en la dificultad de su poesía y en su significado. Las más de las veces, lo que se llega a saber sobre la vida de un personaje y de las circunstancias que sus biógrafos han destacado influye sobre la interpretación del conjunto. Aunque en ocasiones da resultado, no es una fórmula infalible y puede suceder que incluso distorsione la obra del autor. Ante la poesía como ante cualquier manifestación del arte, es bueno que cada quien se acerca a ella cree y recree cuanto le evoque prescindiendo de interpretaciones dirigidas.  

No hay tragedia aparente en la vida de Emily. Hay retiro y recogimiento, parece que libremente buscado, obsesivo en las últimas épocas, quizá inducido por una timidez a la que constantemente se alude. También molestias físicas, sobre todo en la visión, que padeció desde muy joven, y una enfermedad renal que acabó con su vida el 15 de mayo de 1886 a los 56 años. El terreno afectivo, con ilusiones, amistades, amores y desengaños está profusamente tratado por quienes, con más o menos fundamento, se han adentrado por vericuetos de los que la autora pudo dejar señales, pero no manifestación explícita o yo no la conozco.

Los poemas de Emily Dickinson cultivan el gusto por la palabra en sí misma, una elegante sensualidad, la innovación y creatividad en la composición, que hacen que hoy sea una de las figuras más importantes y representativas de su país.

Se ha destacado un fino sentido del humor en su poesía, como se advierte en estos.

To die–takes just a little while–                                          
They say it doesn’t hurt–
It’s only fainter–by degrees–                        “Faith” is a fine invention                 
And then–it’s out of sight–                                       When Gentlemen can see

                                                                        But Microscopes are prudent
A darker Ribbon–for a Day–                                    In an Emergency
A Crape upon the Hat–
And then the pretty sunshine comes–
And helps us to forget–

Para quien se sumerja en la ruta literaria de Emily, es aconsejable, casi imprescindible la visita al cementerio de Amherst. Muy céntrico.  Resultará muy fácil dar con el lugar donde Emily fue llamada “call back” como reza la lápida que cubre sus restos en tierra, en su tierra de Amherst, de donde raramente se alejó. Junto a la suya las sepulturas de su hermana Lavinia y de otros miembros de la familia. El conjunto aparece rodeado por una verja, y ofrece un punto de orientación al visitante. En Amherst hay más librerías que cafeterías, aunque éstas tampoco faltan, abundan las iglesias, de variados credos, y se mantiene, en buena tradición puritana, la prohibición en tiendas y supermercados de vender bebidas alcohólicas en domingo. En algunas de las bien provistas bibliotecas es posible estar toda la noche sin más requisito que entrar por la puerta de acceso.

Con Roosevelt en el patio de Lynn en Amherst

Fue un privilegio vivir aquella experiencia, y dos veces, por la misma época, en 1999 y en 2000. En l entorno de Lynn, sus amigos, estudiantes, colegas disfrutabas un ambiente amigable, intelectual en el sentido más natural. Interés recíproco, expresado en reuniones, excursiones, comidas. La casa de Lynn no se cerraba y era visitada de continuo, tanto si ella estaba como si no. Y de nuestro grupo no fui yo sola quien tuvo la oportunidad de disfrutar de su generosidad hospitalidad, Isabel, Núria, Pere, Jordi. Vivencias así enriquecen la vida.

Una parada en el trabajo para comer en el laboratorio de Lynn
Barcelona, 1992