LA CUCHARA

Todo venía del sueño de esa noche, pero qué sinsentido. No se había acostado en la cama junto a su esposa; había trabajado hasta tarde y le dio pereza ir hasta el cuarto y despertarla. Se había tendido en el sofá, bastante cómodo y al que ya estaba acostumbrado por otras ocasiones, ya tenía el pijama puesto y se tapó con la ligera manta que siempre estaba en el respaldo.

¿Por qué tenía que seguir las instrucciones recibidas durante el sueño? No había por donde cogerlo, solamente que sintió impulsivamente que tenía que hacerlo. Las instrucciones no estaban demasiado claras, tenía que llevar una cuchara grande, no de las de café, ir hasta la playa con ella y dejarla allí. ¿En la arena, en el mar, lanzada, escondida?

Siempre establecía sus ocupaciones con un orden prioritario. Ignoraba por qué esa especie de orden recibida durante el sueño tenía que tener esa categoría. Pero en todo caso así era y, por lo tanto, se tenía que ejecutar antes que otras.

Con el desayuno dispuesto en la mesa y tras disculparse con Sara por haberse quedado a dormir en el sofá se dirigió a la cocina. Era un lugar que apenas pisaba si no era para desayunar, preguntar qué había de comida o para sacar una cerveza de la nevera. El bien surtido botellero estaba en el mueble del comedor, junto con las copas y el sacacorchos. Sara estaba vertiendo el café en las tazas y al verlo entrar y quedar dubitativo le preguntó.

  • ¿Qué quieres?, tienes el desayuno en la mesa, ahora voy con el café
  • ¿Dónde están las cucharas? necesito una
  •  Están en la mesa, al lado del azucarero
  • Esas son pequeñas
  • Son las del café
  • Me hace falta una grande
  • ¿Para qué?

No se esperaba aquel interrogatorio. Lamentaba entonces no saber dónde se colocaban los cubiertos. La verdad es que no sabía dónde estaban ninguno de los demás elementos. Era como si viera por primera vez los armarios superiores, los de abajo, los cajones, a pesar de los años que llevaban viviendo en la misma casa.

Sara lo miraba esperando una respuesta. Por qué no se contentaría con dársela sin más disquisiciones. Tenía dos opciones, batirse en retirada o inventarse una excusa. Y eso fue lo que hizo.

  • La quiero para que me sirva de calzador. En el despacho a veces me quito los zapatos y después me cuesta ponérmelos.

Cómo se le había ocurrido esa excusa.  No lo sabía, pero sí que le había venido a la mente su propia imagen de niño, en una vida de mucha más sencillez que la actual, cuando su madre lo proveía de una cuchara para calzarse.

Sara lo miro extrañada. ¡Una cuchara para calzarse!, ella también lo había visto hacerlo de niña, a su padre, pero hacía muchos años y desde luego sus hijos nunca la habían usado con ese fin.

  • Y no te iría mejor un calzador, qué van a decir en el despacho si ven al jefe hacerlo con una cuchara.
  • – Mujer, es que no lo hago delante de los empleados, además si es un calzador igual me olvido y lo dejo encima de la mesa, y ya me dirás cuando vengan clientes. En cambio, una cuchara siempre me llamará la atención y la guardaré en un cajón.

Sara lo siguió mirando dubitativa. Cedió y, no sin cierta ironía, preguntó.

  • ¿La quieres de la cubertería buena, o una de diario?

Desayunó, se despidió de Sara, de los niños, que entraban entonces en la cocina, preparados para ir a la escuela y salió a la calle. Nueva duda, podía ir a la playa en taxi, pero si Sara observaba que no había cogido el coche, habría más preguntas. Optó por el coche y se dirigió hacia la Barceloneta donde bastante antes de llegar dejó el coche en un aparcamiento, para seguir andando. No le era desconocida la zona, aunque solamente la frecuentaba para ir a algunos de los restaurantes con Sara y otras parejas, o tomar una copa en los numerosos bares del puerto olímpico.

Caminaba por el paseo marítimo, era temprano y no había demasiada gente, sol y algunas nubes blancas, algodonosas, paseantes y corredores. Acudieron recuerdos de cuando de niño frecuentaba con su familia aquellas playas en verano. Abarrotadas de gente, toallas cercanas, radios a toda marcha, y todos al agua. Aprendió pronto a nadar y eso le permitía alejarse algo de la orilla donde se acumulaba la gente. Fingía no oír la llamada de la madre, Miguelito, no te vayas tan lejos que hay resaca. Y sabía la respuesta del padre, “déjalo mujer, aquí no se ahoga nadie con tanta gente”. La mujer callaba, unos instantes, pero él adivinaba la mirada materna siguiéndole, desde la arena o desde la orilla, cuando se acercaba metiendo las piernas en el agua y se agachaba para mojarse entera. De pie el agua no le hubiera pasado de las rodillas. Ahora tenía que repartir la mirada entre el hijo “tan lejos” y las toallas extendidas para que nadie quisiera apropiarse de lo que se había dejado allí. Quedaba más tranquila cuando el padre también se adentraba y lo sabía más cerca del hijo

Seguían los recuerdos, jugando con los otros chavales, pelota, y saltos que provocaban la protesta de la gente. A mediodía, la consabida tortilla de patata, el pan con tomate, todo bien aderezado con los inevitables granos de arena. No faltaba el porrón que su padre también le pasaba. Nunca consiguió dominarlo y terminaba por lo general en tos y con un hilo del tinto chorreando desde la barbilla al pecho. El porrón y otras viandas eran compartidas entre los vecinos en una “sobremesa” bajo las sombrillas. Después, venía el tormento de las tres horas de espera antes de volver al agua, para hacer la digestión.   

Cuánto tiempo había pasado. Por qué rememoraba todo aquello que era parte de su infancia y adolescencia. Los veranos ahora eran en un hotel de categoría próximo a una playa, o en una zona zural para cambiar algo. Era más cómodo que disponer de un apartamento. Se comía en un restaurante y por supuesto nada de porrón, ni de que los hijos probaran el alcohol, ni siquiera un sorbo.

Se encontraba mirando una playa conocida pero cambiada, la ausencia de gente era por la hora y la temporada, marzo, pero seguro que en veranos estarían desbordadas. Echó de menos los chiringuitos tan numerosos en aquellos tiempos. Sí advertía grupos de extranjeros, mayores; no había empezado la temporada alta.

            ¿Cómo y por dónde bajar a la playa, dónde tenía que enterrar la cuchara?

Tras un rato observando encuentra un paso subterráneo que lleva hasta la arena. Camina un poco, pero le entra en los zapatos, se descalza y también se quita los calcetines, los deja sobre la arena y camina hacia la orilla. Llega a un par de metros, la mar está en calma y observa las olas lamiendo la arena y retirándose con calma, diría, en un movimiento incesante, siempre el mismo. Se sienta y sigue contemplando hasta el horizonte. Algún barco lejano, barcas, ignora si de pesca, algunas de vela, avanzando perezosamente. No sabe cuánto tiempo pasa hasta que repara en sí mismo.

¿Qué hago aquí, a qué he venido? Tendría que estar en la oficina, no he dicho nada.

Pero se sorprende pensando que no le importa y que igual que el mar se ondula a merced del viento hay muchas cosas que siguen su derrotero sin su intervención. ¿Es de verdad imprescindible mi presencia para que la empresa funcione? No sabe qué responderse pero no se imaginaba la vida sin hacerlo, ocupándose de todo, incluso de lo que ya está en marcha correctamente por parte de los responsables, que él mismo ha seleccionado. Sin aquellas reuniones interminables que se podrían resolver en 30 minutos.

            Se levanta y avanza hacia la orilla, se remanga los pantalones y siente el agua fría mojando sus pies, es una sensación agradable, inesperada, a pesar de la temperatura. Levanta la mirada al cielo, de un azul limpio con algunas nubes blanquísimas con formas caprichosas, algodones que se desgajan de la madeja madre y emprenden un rumbo lento y cercano a ella.

            Miguel retrocede, llega a la arena seca que se adhiere a sus pies mojados. Introduce una mano en el bolsillo en busca de un pañuelo y se topa con la cuchara. De repente cae en el motivo de su presencia en ese lugar. Desconcertado se pregunta qué hacer con ella, el sueño no indicaba claramente donde debía dejarla o arrojarla. Se sienta de nuevo hasta que resuelto utiliza la misma cuchara para hacer un hoyo en la arena. Ahonda. Ahora el agua no llega hasta allí está, pero sí lo hará con más oleaje. Ya es suficiente, introduce la cuchara y la cubre con la arena. Está bastante profunda. Mira alrededor, no hay gente cerca. Se levanta, murmura una despedida y regresa sobre sus pasos. Llega al principio del subterráneo por donde ha bajado y repara en que necesita los zapatos. Pero dónde están, camina a lo largo, adelante y detrás, ni rastro. Ahonda en la arena con el pie. Pero nada. Opta por caminar un trecho más por la arena y ascender al paseo por otra escalera. Una vez arriba se apoya en la barandilla. Tiene la mente en blanco y es una sensación que le place. Sigue andando, no sabe qué hora es, solamente que tiene ganas de ir a su casa y encontrarse con Sara. Para un taxi.

            Acaba de abrir la puerta en el momento en que Sara se dispone a salir.

  • ¿Qué haces aquí a estas horas?
  • ¿Y tú dónde vas?
  • Pues a trabajar, es mi hora. Entro a las 3

Asombrada le mira y la extrañeza da paso a las palabras

  • Pero, vas descalzo, ¡qué te ha pasado, un accidente, donde está el coche?
  • Lo he dejado en un parquing, pero no he recordado dónde y he venido en taxi
  • Llevas arena en los pies. 
  • Ya te explicaré.  Le quita el bolso que deja caer al suelo.

La rodea con sus brazos, une su mejilla a la de ella y le murmura. No vayas esta tarde a trabajar. Yo tampoco he ido esta mañana.

No quiere pensar, solamente disfrutar la sensación de su piel contra la de ella, del olor de su pelo, de una ternura que quiere compartir. La que siente cuando son los brazos de la mujer los que aprietan su cintura mientras cuatro piernas se enredan entre ellas.

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