Se han encontrado ya todas las formas de matar, o el ser (in)humano es capaz todavía de idear otras que causen sufrimiento. Porque delante de atrocidades, la muerte, digamos por un disparo, quizá sea la más caritativa.

El hambre no es solo la falta de alimento y de los nutrientes necesarios para la vida. El hambre es una tortura lenta que se apodera del ser, del pensamiento, del razonamiento. El hambre extrema en adultos es un delirio. No se puede pensar en otra cosa que no sea en comida, despierto o dormido.

Hay varias clases de hambruna, la que son el resultado de malas cosechas en países de los llamados tercer mundo, de falta de lugar donde sembrar, de no disponer de los recursos para hacerlo. Organizaciones como la ONU, la FAO parece que están al tanto de ese tipo de hambrunas y consiguen llevar alimentos a esas poblaciones. Es la “solidaridad internacional” para paliar los dramas que en buena mayoría esa misma sociedad internacional ha causado a lo largo de la historia y sigue causando con sus actividades y expolio.

Pero el hambre provocada, como instrumento para acabar con grupos, poblaciones es tan monstruoso. Yo misma, y tantos más, cuando, nos sentamos a la mesa no dejamos de pensar en esas personas. Hacemos lo único que nos es posible, ayudar a ONGs que están por la labor. Pero y los que realmente pueden hacer algo y no se ocupan de ello, son capaces de degustar sus comidas, a veces manjares, sin que les tiemble la conciencia, si es que la tienen. Y ya no digamos de quienes las provocan, como arma de guerra. Sabemos de Palestina, pero seguro que en cualquiera de las numerosas contiendas que hay en el mundo ocurre lo mismo. No permitir la entrada de alimentos por parte de organizaciones, condenar a esa muerte lenta es algo que no tiene perdón ni puede comprenderse desde el más simple sentido común. Dónde dejaron su conciencia quienes mandan esas órdenes y quienes las ejecutan. 

Decimos en nuestra vida diaria, voy a comer, tengo hambre. Y ciertamente tenemos hambre porque han pasado algunas horas desde nuestra última ingesta. No nos sentiremos culpables porque no nos falte la comida. Lo que sí tenemos que sentir es la indignación y el asco hacia los culpables y hacia quienes, pudiendo, no hacen nada. 

Me viene a la memoria el poema de Miguel Hernández, “las nanas de la cebolla”, que compuso cuando estando en la cárcel supo que su mujer lo único que podía conseguir para comer eran cebollas y las consumía para poder amamantar con su leche a su hijo chiquitín.

… La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre…