La colline à l’arbre seul – Abdelhafid Metalsi.
Editorial La Grenade 2020.
Es tan gratificante encontrar la ternura en una narración. Y esto es lo que se derrocha a raudales en este librito. Ternura, inocencia, ingenuidad, curiosidad. Cinco niños de diez años, en un verano, haciendo de las suyas durante las vacaciones. Enfrentados a grupos rivales para conseguir material que, al venderlo, podrán realizar sus sueños. Ir al cine.
Para quienes teníamos esa edad faltaban muchos años para internet, teléfonos móviles, redes sociales, las historias que aquí se cuentan nos llevan a aquellos tiempos. Según Rainer Maria Rilke la infancia es la patria del hombre. No todo el mundo tiene infancia, pero esos chiquillos sí.
No es un libro nostálgico, es de dulce recuerdo. El paso del tiempo lima las asperezas de lo que no fue idílico, pero en lo que todo podía ser y la fantasía era esencial. Las niñas soñando cosas diferentes a los chicos.
Estos chavales, Chems, Karaï, Dimitri, Gros, Francky, descubren lo que no acaban de entender, el sexo, el amor, en el primer día de la creación junto a la colina del árbol solitario. Piensan que una pareja, desnuda, se está peleando. Después Las imágenes excitantes de desnudos, de posiciones eróticas que descubren en un ejemplar de Playboy, hace que se miren unos a otros queriendo entender.

Resulta divertido que acudan al cura, un cura comunista y sindicalista, para entender esas cosas que han visto. Qué diferencia pensar en los niños de hoy de esa misma edad, que saben dónde encontrar esa información, explicita, erótica, cuando no pornográfica.
El cura les dice lo que nos decían entonces, que no teníamos edad para entender esas cosas, que ya lo sabríamos cuando creciéramos.
Pero si el libro nos evoca nuestra niñez de aquellos tiempos, también es aconsejable para los más jóvenes, incluso niños. Saber los intereses de los chavales de su edad entonces, jugar en la calle, divertirse, atizarse, descubrir los elementos esenciales de la vida, instigar la curiosidad.
Y lo que significa el cine para esos chavales y lo que fue para nosotros. Un festín, el alimento para soñar, ir a lejanos lugares, vivir aventuras de toda índole y ganar siempre, venciendo desafíos y aniquilando al malo. Cuántos títulos de películas y de personajes en su y en nuestra memoria. ¿Podemos imaginarnos aquella época sin el cine? Y es imposible no evocar esa maravilla de película de Giuseppe Tornatore Cinema Paradiso de 1988. Es uno de los mejores homenajes al cine. En menos de dos horas se aprecia el entusiasmo de grandes y chicos en ese pueblo siciliano, cada escena es por sí misma un reportaje de la vida y de la historia de un tiempo durísimo de postguerra, pero con la ternura de cada uno de sus personajes. No es la película que ven los chavales de La Colline, pero sí es la expresión de lo que su autor, Abdelhafid Metalsi, evoca en la espera para ese día de la semana en que se cumplirá el sueño de entrar en la sala improvisada y meterse, fascinados, en una trama que los envolverá y cambiará sus vidas durante una tarde.
Yo misma, entusiasta del cine desde los 6 años, vendía el pan duro a tiendas que tenían gallinas y así podía comprar la entrada para una tarde de ensueño.
En la Colline á l’arbre seul, sus protagonistas aprenden de todo y a descubrir la vida, el entorno, los problemas. Gracias a Abdelhafid Metalsi, su autor, por la sensibilidad destilada en cada una de las páginas, incluso en las dramáticas. Ya nos había encandilado con su personaje de Kader en la serie Cherif. Aquí nos hace mirar desde un árbol solitario, encima del cual se vislumbra el horizonte, metáfora de la vida.