No podemos renunciar a las palabras que, al parecer, es lo que nos distingue del resto del
mundo animal al que pertenecemos. Y no es que los demás seres vivos no sean capaces de
comunicarse, TODOS lo hacen y de múltiples maneras. Pero la verborrea, el hablar a gritos, o
con un tono más alto del necesario, además de molestar es dilapidar una aptitud, un don
precioso que poseemos.
Y la aparición de los teléfonos móviles ha contribuido en buena parte dando lugar a
una situación insufrible para quienes hacemos uso de la palabra de manera racional y amable.
Siempre me ha gustado viajar en tren, tanto en distancias cortas como largas, disfrutar
del paisaje, leer, escribir, hacer crucigramas, PENSAR. Ahora es imposible. Son poquísimas las
personas que al llamar o recibir una llamada responden con brevedad y bajito ni salen al
pasillo. La mayoría siguen en su asiento sin tener importarles el resto de pasajeros a los que no
interesa su conversación. Y pueden ser largas, muy largas y a viva voz.
Como asistente involuntario te das cuenta que se tratan cuestiones que podrían
resolverse en segundos, pero se prolongan y se repiten, como esas despedidas que nunca
acaban. Y lo peor es cuando son chascarrillos de todo tipo.
Y no hay remedio. Es un consorcio entre charlantes y compañías telefónicas para
hablar cuanto, más mejor, es su negocio. El silencio no lo es, no interesa. Y parece que
tampoco recurrir a la educación, y al respeto.